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Debo ir más atento a conducir

Soy un privilegiado; todas las mañanas, camino del trabajo, remonto en sentido contrario el atasco de entrada a la ciudad… mientras yo salgo de ella. Veo los Clios oxidados y los flamantísimos A3 con la primera puesta y los conductores cabreados. Mientras los bordeo y circulo a 60-80 km/h, me río un poco de ellos y canturreo la música que va sonando. Los veo avanzar a poquitos, en procesión, como aquel anuncio (qué viejo soy) de Renfe en Semana Santa, ambientada con unos tambores y trompetas dramáticas.

Hace sol al salir de la ciudad: una luz dorada que se refleja en las aguas de la ría y me deslumbra al enfilar hacia el Pasaje. Entrecierro los ojos y disfruto de los brillos dorados sobre el agua. Siempre pienso en parar el coche y hacer una foto: imposible. “Otro día vengo andando hasta aquí con la cámara”: nunca.

Al entrar en el Pasaje el sol se va ocultando sobre la bruma de todas las mañanas que escupe la ría. Primero se convierte en un disco de luz, de bordes nítidos y que puede mirarse directamente, que enciende la bruma y la tiñe de luz. El efecto es un tanto fantasmal. Otro pensamiento foto siempre olvidado al minuto.

Cruzo el Pasaje y ya es otro mundo: la bruma ha vencido al sol que ni siquiera es un reflejo: ha sido comido por el gris, que me acompaña hasta la puerta del trabajo. Un nuevo aburrido día comienza.

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